Ataques de Pánico. Luchando contra el Miedo.

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Muchas veces escuchamos el concepto de “Ataque de Pánico” o “Crisis de Ansiedad”, asociado a conceptos como perder el control, tocar fondo, pensar que es un infarto, no poder respirar, sensación de no ver bien, mareos, etc. Todo ello son síntomas de la desestabilización que sufre nuestra mente y nuestro cuerpo cuando, aún sin ser conscientes, hemos estado sometidos a una época de un estrés y esfuerzo tan alto que llega un momento en el que necesitamos “reiniciar sistema”, es como nuestro organismo decide sacar toda esa tensión acumulada y normalmente no se da en la propia etapa de estrés sino cuando posteriormente nos relajamos mínimamente, bajando defensas.

Hace unas semanas se publicaba la noticia de como Kevin Love, uno de los jugadores de los Cleveland Cavaliers de la NBA, había sufrido un Ataque de Pánico, no habiendo identificado previamente todo lo que le estaba aconteciendo y sin calibrar el alcance de la tensión que acumulaba por sentimientos de frustración e impotencia tanto personales como en el ámbito profesional. No es muy habitual que se conozcan estos fenómenos en deportistas de alto rendimiento como él, pero desde luego no ha sido el único, como por ejemplo ha ocurrido recientemente con DeMar DeRozan, de los Toronto Raptors, quien hacía pública su depresión y compartía sus sensaciones para poder así ayudar a otras personas que estuvieran pasando por lo mismo, al igual que hacía Love.

Al igual que en estos dos casos, y en cada situación a diferentes niveles, la presión, las comparaciones, la propia exigencia o la externa, las expectativas, los objetivos a cumplir o los incentivos, o simplemente el propio día a día y sus retos pueden dar lugar a que nuestras inseguridades nos puedan y así estallar cuando ya no existe un término medio entre la autoestima y nuestros errores.

Según los criterios establecidos por el DSM-V para el diagnóstico del Trastorno de Pánico de la American Psichiatric Association, un Ataque de Pánico es la aparición súbita de miedo o malestar intenso que alcanza su máxima expresión en minutos dándose en este tiempo al menos cuatro de los siguientes síntomas: palpitaciones, sudoración, temblor o sacudidas, sensación de dificultad para respirar, sensación de ahogo, dolor o molestias en el tórax, nauseas o dolor abdominal, sensaciones de mareo o aturdimiento, escalofríos o sensaciones de calor, parestesias (entumecimiento u hormigueo), desrealización (sensación de irrealidad) o despersonalización (separarse de uno mismo), miedo a perder el control y miedo a morir.

Además habrá presencia en torno a los ataques de inquietud o preocupaciones por otros ataques o sus consecuencias, dado que se asocian dichos ataques o los sitios o las condiciones en las que se han sufrido y por lo tanto se evitaran dichos momentos creando por tanto miedo a tener otro ataque y a los elementos que los puedan provocar.

La CIE-10 de la Organización Mundial de la Salud, especifica que la característica esencial de los Ataques de Pánico es la presencia de crisis recurrentes de ansiedad grave no limitadas a ninguna situación o circunstancia particular, es decir, imprevisibles, creemos que los podemos controlar o que asociamos condicionantes que lo detonen pero en realidad el problema son todos los pensamientos y creencias que están de trasfondo, no cuando salen esos síntomas y sentimientos.

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Sí llegamos a experimentar un Ataque de Pánico, algunas de las pautas que deberíamos tener en cuenta serian en primer lugar el reconocimiento del problema, analizar el momento y tener claro lo que está pasando, repitiéndonos que no nos vamos a morir y que pasará (pueden ayudar visualizaciones trabajadas previamente en relajación de tipo positivo) asegurarnos en un lugar tranquilo no huyendo.

Para las personas que estén alrededor de una persona que lo pueda sufrir es muy importante que intente modular su tono de voz siendo de calma y tranquilo, ayudarle a respirar, no enfrentar los pensamientos, hacerle que hable y realizar preguntar simples para mantenerle ocupado y distraído, intentar mostrarnos relajados y si vemos peligro por otros agravantes en la salud de la persona recurrir a pedir ayuda médica.

Aunque manejemos el concepto de ansiedad con total cotidianidad, es algo de lo que realmente no se habla con transparencia y todos podemos ser susceptibles de caer en un cumulo de circunstancias que nos den lugar a un estado de ansiedad elevado. Algunos nombres relacionados con esta dolencia que todos podemos conocer son Robbie Williams y Adele en el mundo de la música y Johnny Depp, Scarlett Johansson, Jim Carrey y Hugh Laurie en el ámbito cinematográfico.

El único secreto, y por lo tanto tratamiento, para este mal muy frecuente en nuestros días es abordar y trabajar los elementos que nos preocupan, elaborando soluciones y aceptando limitaciones y comparativas erróneas o expectativas basadas en falsas metas que nos harán alcanzar cierto grado de ansiedad, reduciendo así esa sintomatología y por lo tanto evitando acumular frustraciones que den lugar a un Ataque de Pánico y siendo conscientes de la importancia de unos buenos hábitos psicológicos para nuestra salud.

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Procastinar. Evitación o una tarea más en el listado. 


En los últimos tiempos se escucha mucho la palabra Procastinar. Se define la Procastinación como la tendencia y el resultado de Procastinar, es decir, de demorar, retrasar o retardar algo. Aplazamos con ello el cumplimiento de una obligación o de alguna de las tareas de nuestras infinitas listas de cosas pendientes dejando que otras que nos resultan más apetecibles se pongan por delante. 

Pero también hay que tener cuidado con un sentimiento asociado, sí siempre estamos postergando algunas de las cosas que tenemos que hacer antes o después aparecerá una sensación de desazón, de desánimo y de “mala conciencia” sobre cómo organizamos nuestro tiempo y sí estamos amortizando los plazos de cumplimiento de nuestras obligaciones, ya sean profesionales o personales. A largo plazo esta desidia se convertirá en hábito y creará la falsa ilusión de que no podemos llegar a cumplir objetivos que antes abordaríamos con una actitud mucho más luchadora y proactiva. 
Otro de los fenómenos asociados a este concepto es el cumplimiento “superficial” de alguna de esas tareas. Está claro que no todos nuestros quehaceres nos resultan igual de atractivos, pero sí los llevamos a cabo solo por estar dentro de esa lista y por ser el siguiente punto que nos toca la sensación con la que lo afrontemos será mucho más mecánica y por lo tanto únicamente intentaremos quitarnos del medio su cumplimiento lo antes posible y sin pararnos ni a disfrutar de lo que tengamos entre manos ni a darle una vuelta a las formas en las que podríamos realizarlo. 
En definitiva, modas aparte, la Procastinación forma parte de los ciclos por los que vamos atravesando si siempre llenamos la agenda con demasiadas cosas o si no intentamos equilibrar un poco la balanza entre obligaciones del tipo que sean y elementos compensadores, como son actividades que nos gusten, tiempo de ocio compartido con personas de nuestro entorno, momentos para el deporte y una vida relativamente equilibrada de pequeños incentivos que funcionen como vitaminas para afrontar los quehaceres ineludibles.

Algunas pautas que podemos tener en cuenta para no llegar a estos extremos se centrarían en la organización del tiempo, siendo realistas y conscientes de que pueden surgir imprevistos en todo momento, y ajustando de una manera realizable lo que podemos llegar a afrontar cada día. Nuestra capacidad de concentración y los niveles de energía de cada día también afectarán a la consecución de esos objetivos, pensando que aunque no nos podamos librar de algunas tareas podemos afrontarlas de una formas más o menos aséptica. Nuestro nivel de exigencia también entra en juego, no siempre podemos pedir de nosotros mismos el 100%, y habrá que tolerar la frustración de no haber podido realizar la tarea de una manera óptima sí no hemos sido capaces de dejarla para otro momento más favorable. 

Por último sería importante incidir en algo que como lema sabemos, pero que en la rutina se nos olvida en ocasiones, los extremos no son buenos. Ni tenemos que hacer todo lo que está en nuestra lista de cada día sin excepción, ni será bueno que posterguemos absolutamente todo para mañana, encontrar el momento y las capacidades óptimas para lograr los objetivos planteados será la clave para evitar frustrarnos o vivir dominados por los “tengo que” o los “debo”, también podemos preguntarnos de vez en cuando qué nos apetece. 

Pedir ayuda a los demás.Un reto para la autonomía.

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En cuantas ocasiones nos hemos cargado con tantas tareas que no podemos con ellas pero nos hacemos responsables de sacarlas adelante nosotros solos, nos hemos visto atravesando una mala racha pero no contamos con los demás sino que nos aislamos y preferimos “no molestar”, estamos deseando que alguien nos ofrezca ayuda pero somos incapaces de dar ese grito de socorro a las personas que nos rodean y estarían encantadas de echarnos un cable por vernos más tranquilos.

Desde nuestra infancia nos educan intentando que seamos autónomos en muchas tareas, en cosas cotidianas, en problemas puntuales o en situaciones que no tendríamos por qué saber cómo resolverlas, pero esa autonomía es un arma de doble filo y que parece que solo se enseña en una sola dirección.

 La independencia no está reñida con saber contar con los demás, es más, nos gratifica enormemente resultarle de ayuda a las personas a las que apreciamos y que tenemos cerca, nos hace sentir útiles, bien, a gusto con nosotros mismos aunque dejemos de hacer algo que teníamos planeado, empatizamos y priorizamos resolviendo que lo primero es ayudar pero igualmente importante es saber pedir esa misma ayuda cuando somos nosotros mismos los que estamos en cualquier momento difícil.

Un concepto muy relacionado con esta dificultad para pedir ayuda y contar con los demás es la inseguridad y la falta de confianza. Subestimamos nuestros problemas y nos planteamos que sería una tontería pedir que otra persona intervenga de cualquier manera, pero no nos damos cuenta que así lo que estamos haciendo es poner por delante la importancia de las cosas de los demás e infravalorando a nuestros, es decir, no estamos siendo asertivos con nosotros mismos como sí intentamos serlo con los otros.

Otra consecuencia es la interpretación que estamos haciendo sobre lo que opinarían esas personas a las que recurrimos, pensamos que van a “burlarse” de nuestros problemas o que les vamos a “molestar” con nuestras cosas, quizás deberíamos dejarles a ellos que nos dieran esa opinión si así fuese, o a lo mejor les hacemos sentirse bien pudiendo ayudarnos o sintiéndose los elegidos para minimizar nuestro pesar o agobio con algo, necesarios en nuestras vidas en definitiva.

Algunos de los aspectos que podemos reflexionar si nos vemos en la duda de si pedir ayuda o no podrían encontrarse entre los siguientes:

–        Primero de todo, no activar el sesgo denominado “lectura de la mente de los demás”, quizás creemos tener  la seguridad de que provocaremos molestia o inconvenientes por acudir a alguien cercano buscando ayuda pero no estamos dentro de la cabeza de esa persona. Esa interpretación nace de nuestra inseguridad por lo que lo más normal es que si la contrastamos nos demos cuenta de que estamos equivocados.

–        No minimizar la importancia de nuestros problemas, si son importantes para nosotros por algo también lo serán para aquellos que nos rodean y aprecian, valorarán como igualmente importante lo que nos preocupe y aunque no sepan cómo ayudarnos estarán a nuestro lado intentando hacer el proceso algo más llevadero.

–        Ayudar a los demás es un acto de generosidad, de amistad, de apoyo y de altruismo, varios de los conceptos que nos hacen sentirnos bien con nosotros mismos, por qué no dejar que otra persona sienta lo mismo dándole la oportunidad de estar ahí cuando somos nosotros los que estamos en un apuro.

–        Si nuestra expectativa es que las otras personas se den cuenta de que estoy en apuros y nos intenten ofrecer ayuda de manera voluntaria, pero jamás dejó que se me ayude, quizás ese es el motivo por el que los demás pensaran que nos podrían ofender si nos ofrecen su apoyo, sería mucho más natural ayudar y ser ayudado sin llevar la cuenta de favores pendientes.

–        Somos animales viviendo en sociedad y aunque tengamos que ser autónomos e independientes no deja de ser sano saber convivir con los demás y aceptar que continuamente los necesitamos como ellos nos necesitan a nosotros.

Finalmente, nuestra autoestima es la continua lucha entre reconocimiento de habilidades y corrección  satisfactoria de errores aceptados, no dejemos que nuestro orgullo bloquee el aprender de los demás y el dejarnos ayudar pensando que con eso estamos siendo menos responsables.

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Aceptar halagos. Aprendiendo a querernos un poco.

aceptar halagos

Normalmente pensamos que el problema fundamental es aceptar las críticas, pero para muchas personas puede ser mucho más conflictivo el proceso contrario, aceptar halagos y sentir que son merecedores de ellos.

Sean de carácter estético, profesional, intelectual o físico, no sabemos cómo reaccionar ante un halago, creando una situación incómoda en la que sí se agradece es malo y si no se dice nada o se niega es peor, por lo que acaba convirtiéndose en un bucle en el que nunca se sabe acertar con la respuesta ante una opinión positiva hacia algo que tenga que ver con nuestras aptitudes o capacidades.

Por supuesto el fenómeno que se esconde detrás de este problema es la inseguridad, la sensación de no ser merecedor de un halago de cualquier índole, de no haber hecho nada para que nos dediquen una atención especial por un éxito o de simplemente haber hecho lo que teníamos que hacer.

Para superar estas situaciones y saber salir de ellas algo más airosos podemos poner en práctica algunas de las siguientes estrategias intentando afianzar con ello nuestra confianza e ir utilizando esos halagos para tomar nota y buscar nuestras virtudes, no sólo nuestros defectos.

– En primer lugar no ver la situación de halago como una obligación de responder de alguna manera, la otra persona está sintiéndose libre para hacernos llegar su opinión positiva sobre algo que hemos hecho porque normalmente es una conducta de refuerzo, pero si no sabemos cómo reaccionar no hace falta que hagamos nada, solo sacar otro tema y desviar la atención pero quedándonos con el halago sin negarlo o rechazarlo.
No confundir modestia o vanidad con aceptar un halago o rechazarlo, también podemos aceptar que hacemos las cosas bien, no sólo podemos justificar o hacernos cargos de errores, sino defender o valorar que puede que hayamos hecho un buen trabajo y nuestra autoestima nos agradecerá apuntarse ese tanto, un simple gracias valdrá para que se registre ese logro, sin necesidad de comentar nada más.
No rechazar por automatismo cualquier halago o restarle importancia sin motivo, nos esforzamos por hacer las cosas bien, por qué no aceptar que alguien nos lo refuerce, poco a poco esta práctica se normalizará pero al principio supone el mayor problema dado que pensamos que estamos siendo altivos o egocéntricos por aceptarlo, gran error.
– Si nos sentimos más cómodos al principio podemos exponer nuestra inseguridad cuando nos digan algún halago por ejemplo a nivel profesional, de las dudas que tuvimos o de cómo pensamos en varias opciones, quizás eso ayude a no negarse primeras la aceptación del halago pero nos haga sentirnos un poco más modestos en ese momento.
Entrenar nosotros mismos las cualidades positivas que tengamos, la no aceptación de los halagos siempre viene de la sensación de no hacer las cosas bien o de una forma óptima, si nos empezamos a fijar también en ese punto cuando alguien nos haga referencia a un éxito no nos pillara tan de sorpresa aunque cada persona tenga una manera personalizada de aceptarlo.
Analizar esos halagos y reforzar con ellos la autoestima y nuestra valía personal o profesional, necesitamos sentirnos bien con nosotros mismo pero por supuesto el entorno ayuda, si nos valemos de esa herramienta será más fácil asumir que también hacemos las cosas bien y que valemos para ver también nuestras virtudes, consiguiendo con ello sacarlas más partido y no sintiéndonos frenados por las continuas inseguridades.

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Romper una relación.Cómo hacerlo.

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Ser capaz de tomar la decisión de dejar una relación sentimental nunca es una tarea sencilla, bien por inseguridad de realizar la elección correcta, por no saber cómo hacerlo, por no encontrar el momento oportuno o las razones que motivan el dar este paso.

En muchas ocasiones resulta que al final no lo hacemos de la manera deseada y esto causa sobre todo un mayor malestar por haber hecho daño a la persona con la que estábamos, detalle fundamental que nos hace pensar y dar vueltas sobre cómo llevar a cabo el dejar una relación de una forma efectiva y si puede ser lo más indolora posible para todas las partes.

Algunos de los siguientes puntos, derivados de las situaciones que continuamente tenemos todos alrededor, o por las que pasamos nosotros mismos, deberían ser tomadas en cuenta siempre que nos veamos en una situación de posible ruptura, dar el paso siempre es complicado pero también conlleva liberarnos de una relación que no está resultando satisfactoria o justa para los implicados.

Tomarse el tiempo necesario para aclarar la decisión, pero dentro de unos márgenes adecuados, para dar el paso y exponer a la otra persona nuestra decisión o preocupaciones, quizás nos precipitamos a veces por una discusión o no intentamos poner en marcha recursos para solucionar problemas y esto nos lleva a hacer las cosas rápido, mal y de una forma más dañina.
No dar señales erróneas si ya nos ronda en la cabeza que la relación que mantenemos no es del todo lo que esperábamos o podría mejorar en muchos aspectos. Muchas veces por miedo a hacer daño o a no llevar la contraria ponemos por delante la sensación de satisfacer al otro y no dejamos ver nuestros puntos en contra con cómo van las cosas, detalle que nuestra pareja tiene todo el derecho a saber pero ninguna obligación de adivinar.
Ser claro, sincero y consecuente una vez tomemos la decisión, debemos pensar bien en todo lo que conlleva abrir la veda de comentar con nuestra pareja que no estamos bien en la relación por el motivo que sea ya que esto dará lugar a inseguridades y temor por la otra parte, cuanto más claros seamos y menos tiempo dure esa duda más protegemos hacer sufrir y pasarlo mal nosotros mismos.
Elegir siempre la sinceridad y el respeto como vía para exponerle a nuestra pareja que queremos romper esa relación, mostrar empatía, no tirar de tópicos (“no eres tú, soy yo, “no es justo para ti”, …), tenemos que ser concisos y claros, plantear los motivos por lo que la balanza ya no tiene resultado positivo y con ello hacerle llegar los razonamientos que quizás la otra parte ni se había planteado y le pueden llegar a ayudar en futuras relaciones.
No esperar a que la otra persona se de cuenta por miedo o inseguridad, es mucho más doloroso dejar que una relación se muera por pasotismo o por ir dando de lado la dedicación, sembraremos muchas más duras y el momento definitivo de dejarlo será más duro para ambos, exponer las dudas o los sentimientos siempre debe ser una prioridad no algo de lo que escapemos por no saber cómo manejarlo.
– Por último es muy importante quitarnos de la cabeza la falsa expectativa de “no hacer daño”, siempre lo haremos, como nos lo estamos haciendo a nosotros mismos. Dejar una relación y darnos cuenta de que los caminos entre dos personas, aun poniendo todo de nuestra parte, se bifurcan siempre es duro. Podremos tener todo el cuidado del mundo y con ello proteger al otro y nosotros mismos, pero el sufrimiento siempre vendrá en menor o mayor medida de la mano de la sensación de que estamos tomando una decisión que esperamos sea la correcta y puede que no sea por el bien de los dos sino sólo del nuestro propio, motivo más que de sobra para no alimentar una relación en la que no estaremos al 100%. firma post

Aceptar las Críticas

aceptar criticas

En más de una ocasión cualquier persona se puede sorprender creyéndose poseedor único de una realidad, de una forma de realizar las cosas, de una vía de solución para un problema o de un camino para llegar a un sitio concreto… No siempre tenemos razón pero nos puede costar ver en ese momento que otro enfoque es posible y que quizás haya otra manera de hacer las cosas, señal de alarma para trabajar nuestra forma de aceptar las críticas.

Desde que somos pequeños intentamos reafirmarnos en nuestra autonomía, pero en ese camino del continuo entre el orgullo y la seguridad a veces debemos hacerle espacio al equilibrio, a no dejarnos llevar por el sentimiento de “autosuficiencia” o de controlar todo y hacer hueco a otras ideas, esas críticas que vienen de los demás, como puntos de vista opuestos y complementarios que simplemente cumplen la función de activar nuestro aprendizaje.

¿Cómo podemos conseguir aceptar bien las críticas?

  • Por supuesto no siempre estaremos igual de predispuestos o abiertos q cambiar de planes pero si deberíamos entrenar la capacidad de al menos recibir esas opiniones como otras opciones igualmente válidas en lugar de reaccionar de una forma defensiva.
  • Normalmente cuando una crítica nos ofende, siempre y cuando esté bien plantada desde un punto de vista respetuoso, suele ser síntoma de haber dado en el clavo, nos negamos realidades que nosotros mismos percibimos de una forma muy rápida y quizás esa crítica nos haga plantearnos que nosotros mismos ya sabíamos que podíamos hacerlo mejor.
  • Evitar la negación, no toda crítica tiene que ser una realidad pero si muchas de ellas nos harán aprender y mejorar alguna faceta o trabajo puedo hacer de una forma más óptima.
  • En realidad la incomodidad que provoca en nosotros esa crítica tiene un ver con una llamada de atención, un momento de pararnos a pensar con estamos haciendo las cosas y poner en práctica lo reflexionado. Si aún así me decanto por la opción original al menos se habrá realizado un trabajo de análisis siempre validó en todo lo que hacemos cotidianamente.
  • No debemos focalizar la atención en el fenómeno de la oposición que representa una crítica, por el contrario sería más productivo pensar que activan nuestra propia acotación y el camino para estar algo más en paz con nosotros mismos, quizás esas críticas son más constructivas que destructivas.
  • El verdadero enemigo de la correcta aceptación de una crítica es el orgullo, nuestra parte insegura hace que nos defendamos pero es más enriquecedor plantearla como un punto de aprendizaje y mejora.

Por supuesto, habrá que tener en cuenta cuando una crítica es abusiva, repetitiva o mal plantada, si sentimos que no podemos expresarnos deberemos hacer uso de nuestra asertividad para defender con respeto que nuestra opinión es nuestra, no busca convencer a nadie y es igual de válida que cualquier otra, afianzando nuestra autoestima y dándole valor a lo que nos conviene y a lo que no.

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Ansiedad Infantil. Cómo afrontarla.

ansiedad infantil

Hoy en día a veces se solapan los conceptos de Miedo y Ansiedad, no haciendo referencia exactamente al mismo fenómeno. Entendemos por Miedo una reacción normal, básica y constante de la naturaleza humana, que posee un valor funcional y adaptativo para el individuo. Sin embargo, establecemos la diferencia con la Ansiedad cuando se habla de una reacción que acontece ante situaciones menos específicas que el miedo, siendo más difusa y anticipatoria, apareciendo sin la necesidad de que se de una amenaza externa evidente.

Normalmente la Ansiedad es experimentada por los adultos  ante situaciones de peligro, acontecimientos estresantes o de incertidumbre, viéndose afectados por un estado de agitación e inquietud que funciona como mecanismo adaptativo para ayudarnos a superar las sensaciones propias de estos momentos.

Este mismo fenómeno también se da en el caso de los niños y adolescentes dado que, a edades más tempranas que la etapa adulta, igualmente se sufren las consecuencias de un ritmo de vida estresante o ante situaciones que no saben cómo gestionar desarrollando  un sentimiento de inseguridad debido a las responsabilidades, exigencias u horarios muy intensos  con demasiadas actividades en el día a día.

Por ello, los datos que se manejan en los últimos estudios señalan que ente un 6% y un 20 % de los niños y adolescentes de 9 a 17 años también padecen ansiedad, siendo la patología más diagnosticada después de los trastornos del comportamiento. Al igual que sucede en los adultos, la ansiedad es mucho más frecuente en niñas que en niños.

A través de un estudio español realizado por la Fundación Jiménez Díaz publicado en la revista “European Child and Adolescent”, los autores Jun José Carballo Belloso y Enrique anda Garcia analizaron casos de ansiedad entre los años 1992 y 2006, con una muestra de 23.163 menores que acudían a las consultas de atención primaria. Encontraron  datos que arrojaban que del 9% al 15% de los menores estudiados entre 7 y 11 años reunían criterios de trastorno de ansiedad (generalizada, de separación, por estrés postraumático, fobias, pánico o trastorno obsesivo compulsivo).

Con el objetivo de evaluar si la ansiedad que se diagnostica en un primer momento en las consultas de salud mental de la Comunidad de Madrid permanece en el tiempo, y basándose en los 1.869 casos positivos que se encontraron, los resultados dieron lugar a la conclusión de que existía una gran estabilidad diagnostica para los trastornos de fobia, ansiedad social y estrés postraumático, que se siguieron entre los 15 y los 19 años, pero por el contrario dicha estabilidad era mínima para la ansiedad generalizada y el trastorno de pánico, siendo estos últimos, según señalan los autores, más difíciles de diagnosticar.

Es importante señalar que todos los niños sienten ansiedad y temor en algún momento de su crecimiento, ante la separación de los padres cuando son muy pequeños, por un examen, ante nuevas situaciones sociales o aprendiendo a dormir a oscuras, pero lo importante será discriminar sí es algo ocasional o por el contrario interfiere en la vida cotidiana del menor, momento en el que sería necesario consultar con un especialista para que se trabaje el problema con las estrategias adecuadas evitando así que se desarrolle una baja autoestima, deterioro en las relaciones personales, bajada en el rendimiento escolar, falta de atención o la posibilidad de aprender a vivir con ansiedad como mecanismo de defensa lo que aumentaría el riesgo de convertirlo en un problema en la etapa adulta.

Síntomas como el nerviosismo, la aparición de tics, presencia de una mayor intolerancia hacia cambio de planes, rebeldía, resistencia a cumplir algunas de las normas ya  asimiladas, tristeza o regresión en las atenciones demandadas hacia los padres son algunos de los indicativos a tener en cuenta en la observación de la ansiedad en los niños y adolescentes.

Algunas de las recomendaciones básicas para los padres o profesores en el manejo de la ansiedad en niños y adolescentes estarían relacionadas con ayudarles a sentirse seguros en su día a día, consiguiendo rutinas con horarios fijos de comidas y actividades, escuchar sus preocupaciones siempre y cuando ellos estén preparados para hablar del tema y contestar de una manera sincera y clara, enseñarles valores e ideas no teniendo siempre explicación para acontecimientos como muertes o sucesos injustos como un robo enseñándoles a manejar la tolerancia a la frustración, ayudarles a manejar sentimientos de nerviosismo y desasosiego, animarles a que expresen sus inquietudes hablando sobre sus miedos o trabajándolos a través de juegos o dibujos canalizar así la energía que les causa la ansiedad, vigilar las imágenes e información a la que tienen acceso en televisión y a través de Internet e intentar dotarles de estrategias de relajación, afrontamiento y solución de problemas para conseguir hacerles vivir con una mayor sensación de control, confianza y tranquilidad.

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