Componentes no verbales de la Comunicación ASertiva

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Gen Clock y melatonina. Aprendiendo a entender nuestros ritmos. 


      Estar más activo por la mañana que por la tarde, irse a dormir antes o sentirse más lúcido para realizar actividades intelectuales a partir de media tarde son sensaciones que varían de una persona a otra. Todo ello tiene una explicación biológica y radica en la actuación de dos elementos: el Gen Clock y la Melatonina.

      El Gen Clock o Circadian Locomotor Output Cycles Kaput, fue descubierto por el grupo de Joseph Takahashi en 1991, estudiando como tenía que ver con las funciones de dormir, despertar, el descanso y el ritmo de actividades, el equilibrio de fluidos, la temperatura corporal, el ritmo circadiano, el consumo de oxígeno y la secreción de las glándulas endocrinas.

      Es a partir de ese momento, cuando se relaciona la Proteína Clock con el ritmo circadiano y con el ritmo biológico, interviniendo en la segregación de melatonina (N-acetil-5-metoxitriptamina), hormona sintetizada a partir del aminoácido esencial triptófano cada 24 horas, y convirtiéndonos en personas con un perfil de activación más matutinos, vespertinos o intermedios según estos niveles.

      La melatonina se libera de dos maneras, en las primeras horas de sueño, dando lugar a una necesidad de irse a dormir y despertar más temprano, o en las últimas horas del sueño, por lo que la persona se irá a dormir y se despertara más tarde y tendrá una mayor sensación de somnolencia.

      Se produce principalmente en la glándula pineal y participa en muchos de los procesos celulares, neuroendocrinos y neurofisiológicos de nuestro cuerpo, siendo uno de los principales el control del ciclo diario del sueño.

      Su segregación se ve modulada por factores de tipo ambiental como la estación del año o la temperatura, y por variables de carácter endógeno como el nivel de estrés y la edad, dando lugar a una relación directa con trastornos del estado de ánimo: trastorno afectivo estacional (una forma de depresión), trastorno bipolar, trastornos del sueño, disfunción sexual e insomnio en personas de edad avanzada. Igualmente se ha encontrado influencia de la melatonina en el tipo de efectos de las drogas de abuso como la cocaína o el alcohol.

      Dada la importancia para nuestro organismo de la melatonina y el Gen Clock, recientemente se ha publicado un estudio en Genes &. Development comprobando sus efectos y concluyendo como son fundamentales para la coordinación del conjunto de genes intervinientes en la evolución del cerebro y constatando su actuación en la regulación de los genes relacionados con los trastornos cognitivos, además de afectar a la migración neuronal.

Ataques de Pánico. Luchando contra el Miedo.

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Muchas veces escuchamos el concepto de “Ataque de Pánico” o “Crisis de Ansiedad”, asociado a conceptos como perder el control, tocar fondo, pensar que es un infarto, no poder respirar, sensación de no ver bien, mareos, etc. Todo ello son síntomas de la desestabilización que sufre nuestra mente y nuestro cuerpo cuando, aún sin ser conscientes, hemos estado sometidos a una época de un estrés y esfuerzo tan alto que llega un momento en el que necesitamos “reiniciar sistema”, es como nuestro organismo decide sacar toda esa tensión acumulada y normalmente no se da en la propia etapa de estrés sino cuando posteriormente nos relajamos mínimamente, bajando defensas.

Hace unas semanas se publicaba la noticia de como Kevin Love, uno de los jugadores de los Cleveland Cavaliers de la NBA, había sufrido un Ataque de Pánico, no habiendo identificado previamente todo lo que le estaba aconteciendo y sin calibrar el alcance de la tensión que acumulaba por sentimientos de frustración e impotencia tanto personales como en el ámbito profesional. No es muy habitual que se conozcan estos fenómenos en deportistas de alto rendimiento como él, pero desde luego no ha sido el único, como por ejemplo ha ocurrido recientemente con DeMar DeRozan, de los Toronto Raptors, quien hacía pública su depresión y compartía sus sensaciones para poder así ayudar a otras personas que estuvieran pasando por lo mismo, al igual que hacía Love.

Al igual que en estos dos casos, y en cada situación a diferentes niveles, la presión, las comparaciones, la propia exigencia o la externa, las expectativas, los objetivos a cumplir o los incentivos, o simplemente el propio día a día y sus retos pueden dar lugar a que nuestras inseguridades nos puedan y así estallar cuando ya no existe un término medio entre la autoestima y nuestros errores.

Según los criterios establecidos por el DSM-V para el diagnóstico del Trastorno de Pánico de la American Psichiatric Association, un Ataque de Pánico es la aparición súbita de miedo o malestar intenso que alcanza su máxima expresión en minutos dándose en este tiempo al menos cuatro de los siguientes síntomas: palpitaciones, sudoración, temblor o sacudidas, sensación de dificultad para respirar, sensación de ahogo, dolor o molestias en el tórax, nauseas o dolor abdominal, sensaciones de mareo o aturdimiento, escalofríos o sensaciones de calor, parestesias (entumecimiento u hormigueo), desrealización (sensación de irrealidad) o despersonalización (separarse de uno mismo), miedo a perder el control y miedo a morir.

Además habrá presencia en torno a los ataques de inquietud o preocupaciones por otros ataques o sus consecuencias, dado que se asocian dichos ataques o los sitios o las condiciones en las que se han sufrido y por lo tanto se evitaran dichos momentos creando por tanto miedo a tener otro ataque y a los elementos que los puedan provocar.

La CIE-10 de la Organización Mundial de la Salud, especifica que la característica esencial de los Ataques de Pánico es la presencia de crisis recurrentes de ansiedad grave no limitadas a ninguna situación o circunstancia particular, es decir, imprevisibles, creemos que los podemos controlar o que asociamos condicionantes que lo detonen pero en realidad el problema son todos los pensamientos y creencias que están de trasfondo, no cuando salen esos síntomas y sentimientos.

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Sí llegamos a experimentar un Ataque de Pánico, algunas de las pautas que deberíamos tener en cuenta serian en primer lugar el reconocimiento del problema, analizar el momento y tener claro lo que está pasando, repitiéndonos que no nos vamos a morir y que pasará (pueden ayudar visualizaciones trabajadas previamente en relajación de tipo positivo) asegurarnos en un lugar tranquilo no huyendo.

Para las personas que estén alrededor de una persona que lo pueda sufrir es muy importante que intente modular su tono de voz siendo de calma y tranquilo, ayudarle a respirar, no enfrentar los pensamientos, hacerle que hable y realizar preguntar simples para mantenerle ocupado y distraído, intentar mostrarnos relajados y si vemos peligro por otros agravantes en la salud de la persona recurrir a pedir ayuda médica.

Aunque manejemos el concepto de ansiedad con total cotidianidad, es algo de lo que realmente no se habla con transparencia y todos podemos ser susceptibles de caer en un cumulo de circunstancias que nos den lugar a un estado de ansiedad elevado. Algunos nombres relacionados con esta dolencia que todos podemos conocer son Robbie Williams y Adele en el mundo de la música y Johnny Depp, Scarlett Johansson, Jim Carrey y Hugh Laurie en el ámbito cinematográfico.

El único secreto, y por lo tanto tratamiento, para este mal muy frecuente en nuestros días es abordar y trabajar los elementos que nos preocupan, elaborando soluciones y aceptando limitaciones y comparativas erróneas o expectativas basadas en falsas metas que nos harán alcanzar cierto grado de ansiedad, reduciendo así esa sintomatología y por lo tanto evitando acumular frustraciones que den lugar a un Ataque de Pánico y siendo conscientes de la importancia de unos buenos hábitos psicológicos para nuestra salud.

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Volver a casa. John Bradshaw

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El autor, John Bradshaw, presenta una larga trayectoria en el trabajo con personas que en su infancia no han visto desarrolladas sus necesidades emocionales, centrando su trayectoria en la recuperación del “niño interior”.

Obra de gran interés terapéutico para profesionales y pacientes que quieran ampliar los conocimientos en este largo proceso de sanar, perdonar y recuperar el equilibrio con el pasado y así poder mejorar el afrontamiento de la vida adulta.

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Angustia por el futuro. Pasando de puntillas por el ahora.

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En innumerables ocasiones escuchamos frases como : “No sé qué tal va a ir el proyecto”, “No sé cómo saldrá”, “Ojala fuera todo bien”, “Cuando esté todo resuelto”…, anticipamos el futuro y lo hacemos basándonos en la frustración, en el negativismo, en que sí algo puede salir mal lo hará y de una forma en la que parece que nosotros no tenemos nada que decir ante el resultado de cualquiera de nuestros retos.

Por un lado estamos ante un mecanismo de defensa, claro que así nos preparamos para que las cosas puedan ir mal, pero, ¿dónde dejamos la actitud positiva y el optimismo que también pueden influir en que las cosas salgan bien?. Desde muy pequeños, por resultados que nos van enseñando que las cosas no siempre tienen que ir bien, tendemos a prepararnos para lo malo, así parece que un resultado negativo tiene menos impacto. No es cierto, hay que tener en cuenta que no siempre tenemos el control de las cosas, por supuesto, pero igualmente hay que cuidar la capacidad de influencia que tenemos sobre cualquier proceso y alimentar el esfuerzo y el trabajo para intentar, al menos, que el resultado sea lo más optimo posible.

Este mecanismo hace que, con el tiempo y el avance de recorrido por diferentes experiencias, muchas personas pasen más tiempo pensando en lo malo del futuro que lo bueno que está por venir, y peor aún, lo que tenemos en el momento actual, dejando que todo simplemente ocurra en lugar de disfrutarlo, vivirlo y registrarlo como situaciones que hacen que tengamos más compensada la balanza entre vivencias positivas y negativas.

Cualquier suceso cotidiano, un automatismo, una rutina, todo vale para sumar como elemento que enriquece nuestro día a día, nuestra energía y capacidad de confianza frente al medio y a nuestro entorno y sobre todo, en la cuenta de resultados de una actitud resolutiva y de participación activa en nuestras vidas, alejándonos del modo espectador en el que parece que todo ocurre porque tenía que ser así y que nosotros mismos no tenemos ni voz ni voto en nada.

Intentar pararnos más a disfrutar del momento presente, buscar la observación del ahora, pensar en todo lo que sí está saliendo bien, en todo lo que sí controlamos, en la energía y capacidad de afrontamiento que vamos acumulando con la experiencia o con nuevos aprendizajes, cada pequeño punto de valoración y de sensación de control de nuestro momento presente cuenta para optimizar la visión que tenemos de todo lo que vendrá, sean vivencias positivas o negativas, pero sí dejamos que el futuro nos controle y nos convierta en un estado permanente de frustración antes o después nos veremos paralizados dejando que pasen los días y las situaciones buenas de nuestra vida por delante de nuestros ojos como sí se tratara de una película.

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Sindrome de Diógenes Emocional. Momento para reiniciar el sistema. 


A lo largo de la vida vamos acumulando experiencias, algunas de ellas exitosas y otras fallidas en el proceso de ensayo y error pero quizás, en ciertas ocasiones, tenemos especial tendencia a ir guardando con una significación más importante aquellas situaciones de las cuales no hemos salido reforzados en nuestra autoconfianza y fortaleza.
Todos esos acontecimientos y situaciones por los que vamos pasando van dando lugar a los esquemas con los que interpretamos el mundo, a los demás y también a nosotros mismos, aspecto por el que es tan relevante la balanza que establezcamos entre éxitos y fracasos en todo aquello que se nos va poniendo por delante.

El Síndrome de Diógenes hace referencia a la cualidad de acumular trastos y objetos que ya no nos sirven para nada sin ningún objetivo más que solapar el miedo a que en algún momento las podamos necesitar. A nivel emocional muchas personas siguen el mismo proceso.
Desde que somos pequeños y vamos creciendo aprendemos ciertos valores, fundamentos que nos van enseñando nuestras fortalezas y debilidades y por lo tanto el arduo camino de esforzarnos para sentirnos mejor con nosotros mismos y en cada uno de los ámbitos en los que nos desenvolvemos, la vida familiar, el entorno social de los iguales, las relaciones académicas o laborales, la pareja, la convivencia con nuestro día a día, etc. Todos ellos nos van dando como resultados experiencias guardadas como archivos positivos o negativos y de cuya suma resultara el nivel de confianza y resolución con el que afrontamos en mundo y cada paso que damos.
En el caso de que guardemos con un valor real e interpretemos muchas de nuestras vivencias como exitosas, agradables, positivas y válidas la balanza estará compensada avanzando en nuestro camino con seguridad y haciendo frente a cada nuevo reto con entusiasmo, ilusión, habilidades de afrontamiento y fuerza de voluntad para superar las dificultades.
Sin embargo, cuando la interpretación que hacemos se ve sesgada por un sin fin de impedimentos, inseguridades, situaciones con un resultado negativo o aprendizajes que dan lugar a sentirse impotente y pequeño ante el mundo y los demás, cada nuevo reto será una montaña gigante que nos producirá ansiedad, bloqueo, sentimiento de frustración, anticipaciones distorsionadas por la falta de habilidades y una falsa minimización de nuestros recursos y capacidades frente al medio.
Si detectamos esta situación de paralización estamos ante un momento en el que deberíamos hacer un recorrido por nuestras vivencias, repasar sí realmente las hemos guardado tal y como han sucedido o sí hemos incluido un ingrediente negativo extra por nuestra parte y hacer nuevo balance de fortalezas y debilidades.
Una casa llena de cosas que no sirven para nada es solo un espacio ocupado del que no se puede disfrutar, lo mismo ocurre con nuestra mente, si la llenamos de emociones incapacitantes y a cada nuevo paso nos topamos con emociones negativas no podremos conseguir sentirnos bien con nada ni con nadie, es decir, no nos permitimos ser libres para afrontar nuevas vivencias, relaciones o retos de cualquier tipo poniendo en juego nuestras mejores capacidades a través de la seguridad y autoconfianza.

Pedir ayuda a los demás.Un reto para la autonomía.

perfeccionismo exigencias

En cuantas ocasiones nos hemos cargado con tantas tareas que no podemos con ellas pero nos hacemos responsables de sacarlas adelante nosotros solos, nos hemos visto atravesando una mala racha pero no contamos con los demás sino que nos aislamos y preferimos “no molestar”, estamos deseando que alguien nos ofrezca ayuda pero somos incapaces de dar ese grito de socorro a las personas que nos rodean y estarían encantadas de echarnos un cable por vernos más tranquilos.

Desde nuestra infancia nos educan intentando que seamos autónomos en muchas tareas, en cosas cotidianas, en problemas puntuales o en situaciones que no tendríamos por qué saber cómo resolverlas, pero esa autonomía es un arma de doble filo y que parece que solo se enseña en una sola dirección.

 La independencia no está reñida con saber contar con los demás, es más, nos gratifica enormemente resultarle de ayuda a las personas a las que apreciamos y que tenemos cerca, nos hace sentir útiles, bien, a gusto con nosotros mismos aunque dejemos de hacer algo que teníamos planeado, empatizamos y priorizamos resolviendo que lo primero es ayudar pero igualmente importante es saber pedir esa misma ayuda cuando somos nosotros mismos los que estamos en cualquier momento difícil.

Un concepto muy relacionado con esta dificultad para pedir ayuda y contar con los demás es la inseguridad y la falta de confianza. Subestimamos nuestros problemas y nos planteamos que sería una tontería pedir que otra persona intervenga de cualquier manera, pero no nos damos cuenta que así lo que estamos haciendo es poner por delante la importancia de las cosas de los demás e infravalorando a nuestros, es decir, no estamos siendo asertivos con nosotros mismos como sí intentamos serlo con los otros.

Otra consecuencia es la interpretación que estamos haciendo sobre lo que opinarían esas personas a las que recurrimos, pensamos que van a “burlarse” de nuestros problemas o que les vamos a “molestar” con nuestras cosas, quizás deberíamos dejarles a ellos que nos dieran esa opinión si así fuese, o a lo mejor les hacemos sentirse bien pudiendo ayudarnos o sintiéndose los elegidos para minimizar nuestro pesar o agobio con algo, necesarios en nuestras vidas en definitiva.

Algunos de los aspectos que podemos reflexionar si nos vemos en la duda de si pedir ayuda o no podrían encontrarse entre los siguientes:

–        Primero de todo, no activar el sesgo denominado “lectura de la mente de los demás”, quizás creemos tener  la seguridad de que provocaremos molestia o inconvenientes por acudir a alguien cercano buscando ayuda pero no estamos dentro de la cabeza de esa persona. Esa interpretación nace de nuestra inseguridad por lo que lo más normal es que si la contrastamos nos demos cuenta de que estamos equivocados.

–        No minimizar la importancia de nuestros problemas, si son importantes para nosotros por algo también lo serán para aquellos que nos rodean y aprecian, valorarán como igualmente importante lo que nos preocupe y aunque no sepan cómo ayudarnos estarán a nuestro lado intentando hacer el proceso algo más llevadero.

–        Ayudar a los demás es un acto de generosidad, de amistad, de apoyo y de altruismo, varios de los conceptos que nos hacen sentirnos bien con nosotros mismos, por qué no dejar que otra persona sienta lo mismo dándole la oportunidad de estar ahí cuando somos nosotros los que estamos en un apuro.

–        Si nuestra expectativa es que las otras personas se den cuenta de que estoy en apuros y nos intenten ofrecer ayuda de manera voluntaria, pero jamás dejó que se me ayude, quizás ese es el motivo por el que los demás pensaran que nos podrían ofender si nos ofrecen su apoyo, sería mucho más natural ayudar y ser ayudado sin llevar la cuenta de favores pendientes.

–        Somos animales viviendo en sociedad y aunque tengamos que ser autónomos e independientes no deja de ser sano saber convivir con los demás y aceptar que continuamente los necesitamos como ellos nos necesitan a nosotros.

Finalmente, nuestra autoestima es la continua lucha entre reconocimiento de habilidades y corrección  satisfactoria de errores aceptados, no dejemos que nuestro orgullo bloquee el aprender de los demás y el dejarnos ayudar pensando que con eso estamos siendo menos responsables.

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