Ataques de Pánico. Luchando contra el Miedo.

ataque de panico guayasamin

Muchas veces escuchamos el concepto de “Ataque de Pánico” o “Crisis de Ansiedad”, asociado a conceptos como perder el control, tocar fondo, pensar que es un infarto, no poder respirar, sensación de no ver bien, mareos, etc. Todo ello son síntomas de la desestabilización que sufre nuestra mente y nuestro cuerpo cuando, aún sin ser conscientes, hemos estado sometidos a una época de un estrés y esfuerzo tan alto que llega un momento en el que necesitamos “reiniciar sistema”, es como nuestro organismo decide sacar toda esa tensión acumulada y normalmente no se da en la propia etapa de estrés sino cuando posteriormente nos relajamos mínimamente, bajando defensas.

Hace unas semanas se publicaba la noticia de como Kevin Love, uno de los jugadores de los Cleveland Cavaliers de la NBA, había sufrido un Ataque de Pánico, no habiendo identificado previamente todo lo que le estaba aconteciendo y sin calibrar el alcance de la tensión que acumulaba por sentimientos de frustración e impotencia tanto personales como en el ámbito profesional. No es muy habitual que se conozcan estos fenómenos en deportistas de alto rendimiento como él, pero desde luego no ha sido el único, como por ejemplo ha ocurrido recientemente con DeMar DeRozan, de los Toronto Raptors, quien hacía pública su depresión y compartía sus sensaciones para poder así ayudar a otras personas que estuvieran pasando por lo mismo, al igual que hacía Love.

Al igual que en estos dos casos, y en cada situación a diferentes niveles, la presión, las comparaciones, la propia exigencia o la externa, las expectativas, los objetivos a cumplir o los incentivos, o simplemente el propio día a día y sus retos pueden dar lugar a que nuestras inseguridades nos puedan y así estallar cuando ya no existe un término medio entre la autoestima y nuestros errores.

Según los criterios establecidos por el DSM-V para el diagnóstico del Trastorno de Pánico de la American Psichiatric Association, un Ataque de Pánico es la aparición súbita de miedo o malestar intenso que alcanza su máxima expresión en minutos dándose en este tiempo al menos cuatro de los siguientes síntomas: palpitaciones, sudoración, temblor o sacudidas, sensación de dificultad para respirar, sensación de ahogo, dolor o molestias en el tórax, nauseas o dolor abdominal, sensaciones de mareo o aturdimiento, escalofríos o sensaciones de calor, parestesias (entumecimiento u hormigueo), desrealización (sensación de irrealidad) o despersonalización (separarse de uno mismo), miedo a perder el control y miedo a morir.

Además habrá presencia en torno a los ataques de inquietud o preocupaciones por otros ataques o sus consecuencias, dado que se asocian dichos ataques o los sitios o las condiciones en las que se han sufrido y por lo tanto se evitaran dichos momentos creando por tanto miedo a tener otro ataque y a los elementos que los puedan provocar.

La CIE-10 de la Organización Mundial de la Salud, especifica que la característica esencial de los Ataques de Pánico es la presencia de crisis recurrentes de ansiedad grave no limitadas a ninguna situación o circunstancia particular, es decir, imprevisibles, creemos que los podemos controlar o que asociamos condicionantes que lo detonen pero en realidad el problema son todos los pensamientos y creencias que están de trasfondo, no cuando salen esos síntomas y sentimientos.

oswaldo-guayasamín-angustia

Sí llegamos a experimentar un Ataque de Pánico, algunas de las pautas que deberíamos tener en cuenta serian en primer lugar el reconocimiento del problema, analizar el momento y tener claro lo que está pasando, repitiéndonos que no nos vamos a morir y que pasará (pueden ayudar visualizaciones trabajadas previamente en relajación de tipo positivo) asegurarnos en un lugar tranquilo no huyendo.

Para las personas que estén alrededor de una persona que lo pueda sufrir es muy importante que intente modular su tono de voz siendo de calma y tranquilo, ayudarle a respirar, no enfrentar los pensamientos, hacerle que hable y realizar preguntar simples para mantenerle ocupado y distraído, intentar mostrarnos relajados y si vemos peligro por otros agravantes en la salud de la persona recurrir a pedir ayuda médica.

Aunque manejemos el concepto de ansiedad con total cotidianidad, es algo de lo que realmente no se habla con transparencia y todos podemos ser susceptibles de caer en un cumulo de circunstancias que nos den lugar a un estado de ansiedad elevado. Algunos nombres relacionados con esta dolencia que todos podemos conocer son Robbie Williams y Adele en el mundo de la música y Johnny Depp, Scarlett Johansson, Jim Carrey y Hugh Laurie en el ámbito cinematográfico.

El único secreto, y por lo tanto tratamiento, para este mal muy frecuente en nuestros días es abordar y trabajar los elementos que nos preocupan, elaborando soluciones y aceptando limitaciones y comparativas erróneas o expectativas basadas en falsas metas que nos harán alcanzar cierto grado de ansiedad, reduciendo así esa sintomatología y por lo tanto evitando acumular frustraciones que den lugar a un Ataque de Pánico y siendo conscientes de la importancia de unos buenos hábitos psicológicos para nuestra salud.

firma post

Angustia por el futuro. Pasando de puntillas por el ahora.

angustia-futuro

En innumerables ocasiones escuchamos frases como : “No sé qué tal va a ir el proyecto”, “No sé cómo saldrá”, “Ojala fuera todo bien”, “Cuando esté todo resuelto”…, anticipamos el futuro y lo hacemos basándonos en la frustración, en el negativismo, en que sí algo puede salir mal lo hará y de una forma en la que parece que nosotros no tenemos nada que decir ante el resultado de cualquiera de nuestros retos.

Por un lado estamos ante un mecanismo de defensa, claro que así nos preparamos para que las cosas puedan ir mal, pero, ¿dónde dejamos la actitud positiva y el optimismo que también pueden influir en que las cosas salgan bien?. Desde muy pequeños, por resultados que nos van enseñando que las cosas no siempre tienen que ir bien, tendemos a prepararnos para lo malo, así parece que un resultado negativo tiene menos impacto. No es cierto, hay que tener en cuenta que no siempre tenemos el control de las cosas, por supuesto, pero igualmente hay que cuidar la capacidad de influencia que tenemos sobre cualquier proceso y alimentar el esfuerzo y el trabajo para intentar, al menos, que el resultado sea lo más optimo posible.

Este mecanismo hace que, con el tiempo y el avance de recorrido por diferentes experiencias, muchas personas pasen más tiempo pensando en lo malo del futuro que lo bueno que está por venir, y peor aún, lo que tenemos en el momento actual, dejando que todo simplemente ocurra en lugar de disfrutarlo, vivirlo y registrarlo como situaciones que hacen que tengamos más compensada la balanza entre vivencias positivas y negativas.

Cualquier suceso cotidiano, un automatismo, una rutina, todo vale para sumar como elemento que enriquece nuestro día a día, nuestra energía y capacidad de confianza frente al medio y a nuestro entorno y sobre todo, en la cuenta de resultados de una actitud resolutiva y de participación activa en nuestras vidas, alejándonos del modo espectador en el que parece que todo ocurre porque tenía que ser así y que nosotros mismos no tenemos ni voz ni voto en nada.

Intentar pararnos más a disfrutar del momento presente, buscar la observación del ahora, pensar en todo lo que sí está saliendo bien, en todo lo que sí controlamos, en la energía y capacidad de afrontamiento que vamos acumulando con la experiencia o con nuevos aprendizajes, cada pequeño punto de valoración y de sensación de control de nuestro momento presente cuenta para optimizar la visión que tenemos de todo lo que vendrá, sean vivencias positivas o negativas, pero sí dejamos que el futuro nos controle y nos convierta en un estado permanente de frustración antes o después nos veremos paralizados dejando que pasen los días y las situaciones buenas de nuestra vida por delante de nuestros ojos como sí se tratara de una película.

firma post

Expectativas. De la ilusión a la frustración

expectativas

“Yo esperaba que…”, “Pensaba que haría…”, “Yo hubiera…”, “¿Por qué no ha … ?”, “Si yo hubiera estado en su lugar…”, “Me esperaba…”, “Seguro que…”.

Continuamente nos basamos en lo que esperamos, detalles que intuimos, que creemos, que nos parecen indicativos de ciertas reacciones, alimentamos nuestra ilusión y de repente algo no ocurre cómo nos habíamos imaginado… ¿qué ocurre cuando esas expectativas no se cumplen? ¿esperamos demasiado?, ¿no debemos esperar nada?, ¿interpretamos mal con las variables en las que fundamentamos  esas expectativas?, ¿por qué a otros no les pasa?.

Todas las preguntas anteriores tienen relación con una consecuencia, la decepción por el fracaso de esas expectativas, la desilusión y, por ende, el sentimiento de frustración.

A nivel psicológico la decepción está ligada con la “recompensa esperada” y la expectativa estaría asociada a la cognición, a la idea de anticipación que precede un acontecimiento futuro dejando a un lado la racionalidad y la información real que tenemos, solo nos basamos en la supuesta certeza o creencia que tiene (y por lo tanto quiere que ocurra) nuestra mente, pero no en los hechos objetivos.

Las expectativas vienen también explicadas por lo que se conoce como “Profecía autocumplida”, un sesgo que centra nuestro pensamiento en los deseos que tenemos sobre algo, haciendo que creamos que se cumple todo aquello que querríamos y que ocurra todo lo que malo que tememos por provocarlo a través del miedo.

Por otro lado se encuentra la influencia del llamado “Efecto Pigmalión” (Rosenthal y Jacobson, 1968). Su nombre viene de una leyenda en la que el Rey Pigmalión de Chipre, cansado de no encontrar a la mujer perfecta para casarse, se enamoró de una de las estatuas que él mismo había esculpido, pidiéndole a los dioses que le dieran vida, deseo que fue concedido por Afrodita dando paso a Galatea. Rosenthal, a través de un experimento realizado en California, comprobó el efecto de cómo cuando esperamos algo de alguien, inconscientemente buscamos datos de su comportamiento que nos confirman aquello que pensábamos, pero también cómo tendemos a obviar aquellos detalles que no coinciden con nuestra hipótesis inicial.

Tanto la “Profecia autocumplida” como el “Efecto Pigmalión” apoyan el proceso mediante el cual depositamos tanta fe en hechos que no han ocurrido y que, por supuesto, no sabemos sí ocurrirán como nosotros esperamos, creando una madeja emborronada y llena de distorsiones entre nuestros pensamientos, las consecuencias, la responsabilidad de la frustración que nos crea y los miedos que los fomentan.

Este fenómeno basado en el poder de las expectativas influye en todos los ámbitos, a nivel personal, sentimental, educacional, laboral y social, pudiendo controlarlo únicamente si tratamos de centrarnos en la minimización de lo que percibimos como erróneo y la maximización de lo positivo, siempre atendiendo por igual a nuestras creencias y a los datos aportados por la realidad, intentando evitar así la decepción, la anticipación sesgada y la frustración.

firma post