Sindrome de Diógenes Emocional. Momento para reiniciar el sistema. 


A lo largo de la vida vamos acumulando experiencias, algunas de ellas exitosas y otras fallidas en el proceso de ensayo y error pero quizás, en ciertas ocasiones, tenemos especial tendencia a ir guardando con una significación más importante aquellas situaciones de las cuales no hemos salido reforzados en nuestra autoconfianza y fortaleza.
Todos esos acontecimientos y situaciones por los que vamos pasando van dando lugar a los esquemas con los que interpretamos el mundo, a los demás y también a nosotros mismos, aspecto por el que es tan relevante la balanza que establezcamos entre éxitos y fracasos en todo aquello que se nos va poniendo por delante.

El Síndrome de Diógenes hace referencia a la cualidad de acumular trastos y objetos que ya no nos sirven para nada sin ningún objetivo más que solapar el miedo a que en algún momento las podamos necesitar. A nivel emocional muchas personas siguen el mismo proceso.
Desde que somos pequeños y vamos creciendo aprendemos ciertos valores, fundamentos que nos van enseñando nuestras fortalezas y debilidades y por lo tanto el arduo camino de esforzarnos para sentirnos mejor con nosotros mismos y en cada uno de los ámbitos en los que nos desenvolvemos, la vida familiar, el entorno social de los iguales, las relaciones académicas o laborales, la pareja, la convivencia con nuestro día a día, etc. Todos ellos nos van dando como resultados experiencias guardadas como archivos positivos o negativos y de cuya suma resultara el nivel de confianza y resolución con el que afrontamos en mundo y cada paso que damos.
En el caso de que guardemos con un valor real e interpretemos muchas de nuestras vivencias como exitosas, agradables, positivas y válidas la balanza estará compensada avanzando en nuestro camino con seguridad y haciendo frente a cada nuevo reto con entusiasmo, ilusión, habilidades de afrontamiento y fuerza de voluntad para superar las dificultades.
Sin embargo, cuando la interpretación que hacemos se ve sesgada por un sin fin de impedimentos, inseguridades, situaciones con un resultado negativo o aprendizajes que dan lugar a sentirse impotente y pequeño ante el mundo y los demás, cada nuevo reto será una montaña gigante que nos producirá ansiedad, bloqueo, sentimiento de frustración, anticipaciones distorsionadas por la falta de habilidades y una falsa minimización de nuestros recursos y capacidades frente al medio.
Si detectamos esta situación de paralización estamos ante un momento en el que deberíamos hacer un recorrido por nuestras vivencias, repasar sí realmente las hemos guardado tal y como han sucedido o sí hemos incluido un ingrediente negativo extra por nuestra parte y hacer nuevo balance de fortalezas y debilidades.
Una casa llena de cosas que no sirven para nada es solo un espacio ocupado del que no se puede disfrutar, lo mismo ocurre con nuestra mente, si la llenamos de emociones incapacitantes y a cada nuevo paso nos topamos con emociones negativas no podremos conseguir sentirnos bien con nada ni con nadie, es decir, no nos permitimos ser libres para afrontar nuevas vivencias, relaciones o retos de cualquier tipo poniendo en juego nuestras mejores capacidades a través de la seguridad y autoconfianza.

Desarrollando la Inteligencia Emocional en los niños.

inteligencia emocional niños

Se entiende por Inteligencia Emocional el conjunto de capacidades y aptitudes que están relacionadas con la las habilidades emocionales en nuestras relaciones interpersonales junto con la manera de afrontar las situaciones positivas o negativas que nos acontecen todos los días. Podemos protegernos del medio en el que nos desenvolvemos de una manera asertiva y constructiva o bien convertirnos en nuestros primeros enemigos por no saber encajar una crítica, un halago, un enfrentamiento o algo nuevo entre otros.

Este fenómeno no sólo ocurre en los adultos, que aparentemente vamos cosechando estrategias y poniendo en práctica la técnica de “ensayo y error” para aprender a convivir con buenas y malas noticias, también los niños y adolescentes se ven afectados por estos fenómenos haciendo que la Inteligencia Emocional sea una de las asignaturas en las que más tenemos que entrenar a nuestros pequeños para que puedan crecer fuertes y felices atravesando y superando cada suceso por el que pasen en su  desarrollo.

Dentro de lo que se denomina Inteligencia Emocional contemplamos conceptos como la Asertividad, la Autoestima, la Empatía, Habilidades Sociales, la Tolerancia a la Frustración, el Manejo de logros y derrotas, Capacidad de lucha, la Motivación, etc. En definitiva todas aquellas vías para poder conseguir que un niño sea capaz de enfrentarse a cada nuevo reto o situación cotidiana de una forma abierta, sin miedos y con seguridad aprendiendo cada día a superar los obstáculos que se vayan poniendo por delante, siendo esta la única forma de fortalecer el tan vulnerable Autoconcepto.

Podemos potenciar la Inteligencia Emocional en los niños aplicando algunas de las siguientes pautas:

  • Observar y relativizar el sentimiento de exigencia de los niños, haciéndole entender que no siempre hay que exigirse el máximo sino aprender a valorar los esfuerzos y pasos que damos para conseguir una meta.
  • Reforzar continuamente los logros y enseñar a entender las derrotas orientándolas de una manera constructiva y aprendiendo a mejorar para las ocasiones venideras.
  • Fomentar la comunicación sobre las emociones asociadas a lo que les ocurra cada día, preguntándoles y haciéndoles partícipes de las soluciones que podrían poner en práctica cuando se encuentran ante una situación que no sepan enfrentar, hacerles pensar, no decirles lo que hacer.
  • Dotarles de la responsabilidad para tomar sus propias decisiones fomentando la autonomía desde pequeños, haciendo con ello que desarrollen una buena confianza en sus capacidades y una seguridad afianzada.
  • Hacerles conscientes de los sentimientos de los otros hablando sobre la empatía y enseñándoles a obrar siguiendo el principio del respeto por los demás y por ellos mismos, defendiendo sus derechos.
  • Permitirles expresar emociones y sentirlas sean buenas o malas, no frustrarlas o minimizarlas dado que tienen que aprender a saber convivir con ellas.
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