Afrontando un duelo con una maleta llena de esfuerzo

      Todos aquellos profesionales que trabajamos en la atención terapéutica con personas sabemos lo difícil que resulta intentar ayudar a cada persona teniendo en cuenta la forma en la que nos presenta sus necesidades y la situación en la que se encuentra en el momento de acudir a nuestra consulta. Esta tarea se torna especialmente complicada y delicada en el caso del acompañamiento en un proceso de duelo, por las variables que debemos tener en cuenta y por el cúmulo de sentimientos y sensaciones sin identificar de las que partimos. 

      Tal y como señalaba S. Freud en su obra “Duelo y Melancolía”, la persona que se enfrenta a un duelo no sólo ha perdido a aquel que ha fallecido (el objeto), sino que llega a la consulta con un proceso por afrontar de recuperación de su propia esencia, de su seguridad, su papel en los diferentes ámbitos de su vida y el sentido global a la existencia tras haber sufrido una pérdida, haya sido esta esperada o no, traumática o no. 

      El inicio de un proceso de duelo pone en juego un tablero de ajedrez en el que, poco a poco iremos organizando las piezas para saber con qué figuras podemos mover primero, pero sobre todo, al igual que en este maravilloso juego de tablero, tendremos que activar como primera herramienta la paciencia, observar las emociones, analizar lo que está ocurriendo y sus significados y a partir de ahí iniciar un camino con mucha contención hacia la aceptación, la integración y asimilación de lo ocurrido

      Dado que cada persona tiene un punto de partida, otro de los aspectos fundamentales en un proceso de duelo es la educación y expresión emocional de la persona con la que estamos trabajando. Aquellos que tengan una inteligencia emocional más entrenada, que sepan ponerle nombre a lo que están sintiendo y con ello nos faciliten el primer acercamiento a sus sensaciones, tendrán un recorrido no más sencillo pero sí más accesible, no frustrándose por la identificación de sus emociones y pudiendo avanzar en la aceptación de una forma más concreta. Sin embargo, aquellas personas que no tienen incorporadas las emociones a su lenguaje cotidiano probablemente sufrirán mucho más en los inicios dado que lo primero es justo ese paso, la identificación de lo que están sintiendo, de lo que significaba la persona perdida en sus vidas y por lo tanto ponerle nombre a lo que se ha roto para poder ir pegándolo poco a poco acorde a su nueva situación de vida. 

      Un aspecto verdaderamente relevante a la hora de llevar a cabo un trabajo en duelo es saber con qué apoyos o personas cuenta el paciente en su entorno más íntimo, pudiendo resultar una ayuda o por el contrario representando una traba en su avance individual y por lo tanto en su recuperación. Normalmente las personas más cercanas no toleran ver a su ser querido sufrir pero ahí es donde cometemos un enorme error de manera inconscientemente egoísta, no dejamos que hable como quisiera, que exprese una y otra vez su sentir y su sufrimiento, que llore cuanto necesite, que vaya hacia delante y hacia atrás cuantas veces quiera o que se quede bloqueado si es eso lo que le alivia en un momento dado. Es por este motivo que muchas personas dolientes se apartan de sus contextos, no queriendo escuchar cómo les dicen que se animen, que pasará, que tiene que salir o que hacer alguna actividad le aliviará. Una persona en duelo no necesita solo sonrisas y ánimos para el avance sino sobre todo un hombro, una vía de escucha en la que poder volcar toda la amalgama de sentimientos que está sufriendo y por lo tanto un camino sin pautas, sin presiones ni consejos generalistas aunque vengan con la mejor de las intenciones. 

      Neimeyer refleja perfectamente en su obra “Aprender de la pérdida” esta necesidad, el como es primordial tomarse tiempo para sentir, dar a su vez sentido a la pérdida y confiar en alguien en ese proceso, fundamentos sin duda del papel de la psicoterapia en duelo. La persona que inicia un tratamiento a raíz de una pérdida necesita sentirse comprendida, escuchada, entendida pero no dirigida y acompañada pero no limitada, haciendo que sea ella misma quien vaya avanzando por ese camino con la ayuda de toda la información que podamos darle sobre sus síntomas y sus sensaciones y estrategias que le puedan ayudar en este proceso, de forma que sepa cómo ir completando ese proceso, sin poner fechas ni plazos para alcanzar ninguna meta más que el ir incorporando la pérdida a su vida de una manera constructiva y positiva

      Todo lo expuesto configura el listado de motivos por los que trabajar con personas en duelo es tan complicado a la vez que especial, creando un recorrido terapéutico en el que vamos viendo cómo se van aceptando sentimientos aunque no sean agradables, se va asimilando la pérdida dejando atrás la rabia, culpa o impotencia casi siempre presentes y se va normalizando desde la pena y la añoranza el avance en la vida del paciente, haciendo que, en más de una ocasión, el propio terapeuta en ese mismo camino lidie a nivel individual con sus propios duelos y sentimientos sin dejar de aprender sobre la capacidad de resiliencia del ser humano

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Ataques de Pánico. Luchando contra el Miedo.

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Muchas veces escuchamos el concepto de “Ataque de Pánico” o “Crisis de Ansiedad”, asociado a conceptos como perder el control, tocar fondo, pensar que es un infarto, no poder respirar, sensación de no ver bien, mareos, etc. Todo ello son síntomas de la desestabilización que sufre nuestra mente y nuestro cuerpo cuando, aún sin ser conscientes, hemos estado sometidos a una época de un estrés y esfuerzo tan alto que llega un momento en el que necesitamos “reiniciar sistema”, es como nuestro organismo decide sacar toda esa tensión acumulada y normalmente no se da en la propia etapa de estrés sino cuando posteriormente nos relajamos mínimamente, bajando defensas.

Hace unas semanas se publicaba la noticia de como Kevin Love, uno de los jugadores de los Cleveland Cavaliers de la NBA, había sufrido un Ataque de Pánico, no habiendo identificado previamente todo lo que le estaba aconteciendo y sin calibrar el alcance de la tensión que acumulaba por sentimientos de frustración e impotencia tanto personales como en el ámbito profesional. No es muy habitual que se conozcan estos fenómenos en deportistas de alto rendimiento como él, pero desde luego no ha sido el único, como por ejemplo ha ocurrido recientemente con DeMar DeRozan, de los Toronto Raptors, quien hacía pública su depresión y compartía sus sensaciones para poder así ayudar a otras personas que estuvieran pasando por lo mismo, al igual que hacía Love.

Al igual que en estos dos casos, y en cada situación a diferentes niveles, la presión, las comparaciones, la propia exigencia o la externa, las expectativas, los objetivos a cumplir o los incentivos, o simplemente el propio día a día y sus retos pueden dar lugar a que nuestras inseguridades nos puedan y así estallar cuando ya no existe un término medio entre la autoestima y nuestros errores.

Según los criterios establecidos por el DSM-V para el diagnóstico del Trastorno de Pánico de la American Psichiatric Association, un Ataque de Pánico es la aparición súbita de miedo o malestar intenso que alcanza su máxima expresión en minutos dándose en este tiempo al menos cuatro de los siguientes síntomas: palpitaciones, sudoración, temblor o sacudidas, sensación de dificultad para respirar, sensación de ahogo, dolor o molestias en el tórax, nauseas o dolor abdominal, sensaciones de mareo o aturdimiento, escalofríos o sensaciones de calor, parestesias (entumecimiento u hormigueo), desrealización (sensación de irrealidad) o despersonalización (separarse de uno mismo), miedo a perder el control y miedo a morir.

Además habrá presencia en torno a los ataques de inquietud o preocupaciones por otros ataques o sus consecuencias, dado que se asocian dichos ataques o los sitios o las condiciones en las que se han sufrido y por lo tanto se evitaran dichos momentos creando por tanto miedo a tener otro ataque y a los elementos que los puedan provocar.

La CIE-10 de la Organización Mundial de la Salud, especifica que la característica esencial de los Ataques de Pánico es la presencia de crisis recurrentes de ansiedad grave no limitadas a ninguna situación o circunstancia particular, es decir, imprevisibles, creemos que los podemos controlar o que asociamos condicionantes que lo detonen pero en realidad el problema son todos los pensamientos y creencias que están de trasfondo, no cuando salen esos síntomas y sentimientos.

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Sí llegamos a experimentar un Ataque de Pánico, algunas de las pautas que deberíamos tener en cuenta serian en primer lugar el reconocimiento del problema, analizar el momento y tener claro lo que está pasando, repitiéndonos que no nos vamos a morir y que pasará (pueden ayudar visualizaciones trabajadas previamente en relajación de tipo positivo) asegurarnos en un lugar tranquilo no huyendo.

Para las personas que estén alrededor de una persona que lo pueda sufrir es muy importante que intente modular su tono de voz siendo de calma y tranquilo, ayudarle a respirar, no enfrentar los pensamientos, hacerle que hable y realizar preguntar simples para mantenerle ocupado y distraído, intentar mostrarnos relajados y si vemos peligro por otros agravantes en la salud de la persona recurrir a pedir ayuda médica.

Aunque manejemos el concepto de ansiedad con total cotidianidad, es algo de lo que realmente no se habla con transparencia y todos podemos ser susceptibles de caer en un cumulo de circunstancias que nos den lugar a un estado de ansiedad elevado. Algunos nombres relacionados con esta dolencia que todos podemos conocer son Robbie Williams y Adele en el mundo de la música y Johnny Depp, Scarlett Johansson, Jim Carrey y Hugh Laurie en el ámbito cinematográfico.

El único secreto, y por lo tanto tratamiento, para este mal muy frecuente en nuestros días es abordar y trabajar los elementos que nos preocupan, elaborando soluciones y aceptando limitaciones y comparativas erróneas o expectativas basadas en falsas metas que nos harán alcanzar cierto grado de ansiedad, reduciendo así esa sintomatología y por lo tanto evitando acumular frustraciones que den lugar a un Ataque de Pánico y siendo conscientes de la importancia de unos buenos hábitos psicológicos para nuestra salud.

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Procastinar. Evitación o una tarea más en el listado. 


En los últimos tiempos se escucha mucho la palabra Procastinar. Se define la Procastinación como la tendencia y el resultado de Procastinar, es decir, de demorar, retrasar o retardar algo. Aplazamos con ello el cumplimiento de una obligación o de alguna de las tareas de nuestras infinitas listas de cosas pendientes dejando que otras que nos resultan más apetecibles se pongan por delante. 

Pero también hay que tener cuidado con un sentimiento asociado, sí siempre estamos postergando algunas de las cosas que tenemos que hacer antes o después aparecerá una sensación de desazón, de desánimo y de “mala conciencia” sobre cómo organizamos nuestro tiempo y sí estamos amortizando los plazos de cumplimiento de nuestras obligaciones, ya sean profesionales o personales. A largo plazo esta desidia se convertirá en hábito y creará la falsa ilusión de que no podemos llegar a cumplir objetivos que antes abordaríamos con una actitud mucho más luchadora y proactiva. 
Otro de los fenómenos asociados a este concepto es el cumplimiento “superficial” de alguna de esas tareas. Está claro que no todos nuestros quehaceres nos resultan igual de atractivos, pero sí los llevamos a cabo solo por estar dentro de esa lista y por ser el siguiente punto que nos toca la sensación con la que lo afrontemos será mucho más mecánica y por lo tanto únicamente intentaremos quitarnos del medio su cumplimiento lo antes posible y sin pararnos ni a disfrutar de lo que tengamos entre manos ni a darle una vuelta a las formas en las que podríamos realizarlo. 
En definitiva, modas aparte, la Procastinación forma parte de los ciclos por los que vamos atravesando si siempre llenamos la agenda con demasiadas cosas o si no intentamos equilibrar un poco la balanza entre obligaciones del tipo que sean y elementos compensadores, como son actividades que nos gusten, tiempo de ocio compartido con personas de nuestro entorno, momentos para el deporte y una vida relativamente equilibrada de pequeños incentivos que funcionen como vitaminas para afrontar los quehaceres ineludibles.

Algunas pautas que podemos tener en cuenta para no llegar a estos extremos se centrarían en la organización del tiempo, siendo realistas y conscientes de que pueden surgir imprevistos en todo momento, y ajustando de una manera realizable lo que podemos llegar a afrontar cada día. Nuestra capacidad de concentración y los niveles de energía de cada día también afectarán a la consecución de esos objetivos, pensando que aunque no nos podamos librar de algunas tareas podemos afrontarlas de una formas más o menos aséptica. Nuestro nivel de exigencia también entra en juego, no siempre podemos pedir de nosotros mismos el 100%, y habrá que tolerar la frustración de no haber podido realizar la tarea de una manera óptima sí no hemos sido capaces de dejarla para otro momento más favorable. 

Por último sería importante incidir en algo que como lema sabemos, pero que en la rutina se nos olvida en ocasiones, los extremos no son buenos. Ni tenemos que hacer todo lo que está en nuestra lista de cada día sin excepción, ni será bueno que posterguemos absolutamente todo para mañana, encontrar el momento y las capacidades óptimas para lograr los objetivos planteados será la clave para evitar frustrarnos o vivir dominados por los “tengo que” o los “debo”, también podemos preguntarnos de vez en cuando qué nos apetece. 

Angustia por el futuro. Pasando de puntillas por el ahora.

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En innumerables ocasiones escuchamos frases como : “No sé qué tal va a ir el proyecto”, “No sé cómo saldrá”, “Ojala fuera todo bien”, “Cuando esté todo resuelto”…, anticipamos el futuro y lo hacemos basándonos en la frustración, en el negativismo, en que sí algo puede salir mal lo hará y de una forma en la que parece que nosotros no tenemos nada que decir ante el resultado de cualquiera de nuestros retos.

Por un lado estamos ante un mecanismo de defensa, claro que así nos preparamos para que las cosas puedan ir mal, pero, ¿dónde dejamos la actitud positiva y el optimismo que también pueden influir en que las cosas salgan bien?. Desde muy pequeños, por resultados que nos van enseñando que las cosas no siempre tienen que ir bien, tendemos a prepararnos para lo malo, así parece que un resultado negativo tiene menos impacto. No es cierto, hay que tener en cuenta que no siempre tenemos el control de las cosas, por supuesto, pero igualmente hay que cuidar la capacidad de influencia que tenemos sobre cualquier proceso y alimentar el esfuerzo y el trabajo para intentar, al menos, que el resultado sea lo más optimo posible.

Este mecanismo hace que, con el tiempo y el avance de recorrido por diferentes experiencias, muchas personas pasen más tiempo pensando en lo malo del futuro que lo bueno que está por venir, y peor aún, lo que tenemos en el momento actual, dejando que todo simplemente ocurra en lugar de disfrutarlo, vivirlo y registrarlo como situaciones que hacen que tengamos más compensada la balanza entre vivencias positivas y negativas.

Cualquier suceso cotidiano, un automatismo, una rutina, todo vale para sumar como elemento que enriquece nuestro día a día, nuestra energía y capacidad de confianza frente al medio y a nuestro entorno y sobre todo, en la cuenta de resultados de una actitud resolutiva y de participación activa en nuestras vidas, alejándonos del modo espectador en el que parece que todo ocurre porque tenía que ser así y que nosotros mismos no tenemos ni voz ni voto en nada.

Intentar pararnos más a disfrutar del momento presente, buscar la observación del ahora, pensar en todo lo que sí está saliendo bien, en todo lo que sí controlamos, en la energía y capacidad de afrontamiento que vamos acumulando con la experiencia o con nuevos aprendizajes, cada pequeño punto de valoración y de sensación de control de nuestro momento presente cuenta para optimizar la visión que tenemos de todo lo que vendrá, sean vivencias positivas o negativas, pero sí dejamos que el futuro nos controle y nos convierta en un estado permanente de frustración antes o después nos veremos paralizados dejando que pasen los días y las situaciones buenas de nuestra vida por delante de nuestros ojos como sí se tratara de una película.

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Sindrome de Diógenes Emocional. Momento para reiniciar el sistema. 


A lo largo de la vida vamos acumulando experiencias, algunas de ellas exitosas y otras fallidas en el proceso de ensayo y error pero quizás, en ciertas ocasiones, tenemos especial tendencia a ir guardando con una significación más importante aquellas situaciones de las cuales no hemos salido reforzados en nuestra autoconfianza y fortaleza.
Todos esos acontecimientos y situaciones por los que vamos pasando van dando lugar a los esquemas con los que interpretamos el mundo, a los demás y también a nosotros mismos, aspecto por el que es tan relevante la balanza que establezcamos entre éxitos y fracasos en todo aquello que se nos va poniendo por delante.

El Síndrome de Diógenes hace referencia a la cualidad de acumular trastos y objetos que ya no nos sirven para nada sin ningún objetivo más que solapar el miedo a que en algún momento las podamos necesitar. A nivel emocional muchas personas siguen el mismo proceso.
Desde que somos pequeños y vamos creciendo aprendemos ciertos valores, fundamentos que nos van enseñando nuestras fortalezas y debilidades y por lo tanto el arduo camino de esforzarnos para sentirnos mejor con nosotros mismos y en cada uno de los ámbitos en los que nos desenvolvemos, la vida familiar, el entorno social de los iguales, las relaciones académicas o laborales, la pareja, la convivencia con nuestro día a día, etc. Todos ellos nos van dando como resultados experiencias guardadas como archivos positivos o negativos y de cuya suma resultara el nivel de confianza y resolución con el que afrontamos en mundo y cada paso que damos.
En el caso de que guardemos con un valor real e interpretemos muchas de nuestras vivencias como exitosas, agradables, positivas y válidas la balanza estará compensada avanzando en nuestro camino con seguridad y haciendo frente a cada nuevo reto con entusiasmo, ilusión, habilidades de afrontamiento y fuerza de voluntad para superar las dificultades.
Sin embargo, cuando la interpretación que hacemos se ve sesgada por un sin fin de impedimentos, inseguridades, situaciones con un resultado negativo o aprendizajes que dan lugar a sentirse impotente y pequeño ante el mundo y los demás, cada nuevo reto será una montaña gigante que nos producirá ansiedad, bloqueo, sentimiento de frustración, anticipaciones distorsionadas por la falta de habilidades y una falsa minimización de nuestros recursos y capacidades frente al medio.
Si detectamos esta situación de paralización estamos ante un momento en el que deberíamos hacer un recorrido por nuestras vivencias, repasar sí realmente las hemos guardado tal y como han sucedido o sí hemos incluido un ingrediente negativo extra por nuestra parte y hacer nuevo balance de fortalezas y debilidades.
Una casa llena de cosas que no sirven para nada es solo un espacio ocupado del que no se puede disfrutar, lo mismo ocurre con nuestra mente, si la llenamos de emociones incapacitantes y a cada nuevo paso nos topamos con emociones negativas no podremos conseguir sentirnos bien con nada ni con nadie, es decir, no nos permitimos ser libres para afrontar nuevas vivencias, relaciones o retos de cualquier tipo poniendo en juego nuestras mejores capacidades a través de la seguridad y autoconfianza.

Pedir ayuda a los demás.Un reto para la autonomía.

perfeccionismo exigencias

En cuantas ocasiones nos hemos cargado con tantas tareas que no podemos con ellas pero nos hacemos responsables de sacarlas adelante nosotros solos, nos hemos visto atravesando una mala racha pero no contamos con los demás sino que nos aislamos y preferimos “no molestar”, estamos deseando que alguien nos ofrezca ayuda pero somos incapaces de dar ese grito de socorro a las personas que nos rodean y estarían encantadas de echarnos un cable por vernos más tranquilos.

Desde nuestra infancia nos educan intentando que seamos autónomos en muchas tareas, en cosas cotidianas, en problemas puntuales o en situaciones que no tendríamos por qué saber cómo resolverlas, pero esa autonomía es un arma de doble filo y que parece que solo se enseña en una sola dirección.

 La independencia no está reñida con saber contar con los demás, es más, nos gratifica enormemente resultarle de ayuda a las personas a las que apreciamos y que tenemos cerca, nos hace sentir útiles, bien, a gusto con nosotros mismos aunque dejemos de hacer algo que teníamos planeado, empatizamos y priorizamos resolviendo que lo primero es ayudar pero igualmente importante es saber pedir esa misma ayuda cuando somos nosotros mismos los que estamos en cualquier momento difícil.

Un concepto muy relacionado con esta dificultad para pedir ayuda y contar con los demás es la inseguridad y la falta de confianza. Subestimamos nuestros problemas y nos planteamos que sería una tontería pedir que otra persona intervenga de cualquier manera, pero no nos damos cuenta que así lo que estamos haciendo es poner por delante la importancia de las cosas de los demás e infravalorando a nuestros, es decir, no estamos siendo asertivos con nosotros mismos como sí intentamos serlo con los otros.

Otra consecuencia es la interpretación que estamos haciendo sobre lo que opinarían esas personas a las que recurrimos, pensamos que van a “burlarse” de nuestros problemas o que les vamos a “molestar” con nuestras cosas, quizás deberíamos dejarles a ellos que nos dieran esa opinión si así fuese, o a lo mejor les hacemos sentirse bien pudiendo ayudarnos o sintiéndose los elegidos para minimizar nuestro pesar o agobio con algo, necesarios en nuestras vidas en definitiva.

Algunos de los aspectos que podemos reflexionar si nos vemos en la duda de si pedir ayuda o no podrían encontrarse entre los siguientes:

–        Primero de todo, no activar el sesgo denominado “lectura de la mente de los demás”, quizás creemos tener  la seguridad de que provocaremos molestia o inconvenientes por acudir a alguien cercano buscando ayuda pero no estamos dentro de la cabeza de esa persona. Esa interpretación nace de nuestra inseguridad por lo que lo más normal es que si la contrastamos nos demos cuenta de que estamos equivocados.

–        No minimizar la importancia de nuestros problemas, si son importantes para nosotros por algo también lo serán para aquellos que nos rodean y aprecian, valorarán como igualmente importante lo que nos preocupe y aunque no sepan cómo ayudarnos estarán a nuestro lado intentando hacer el proceso algo más llevadero.

–        Ayudar a los demás es un acto de generosidad, de amistad, de apoyo y de altruismo, varios de los conceptos que nos hacen sentirnos bien con nosotros mismos, por qué no dejar que otra persona sienta lo mismo dándole la oportunidad de estar ahí cuando somos nosotros los que estamos en un apuro.

–        Si nuestra expectativa es que las otras personas se den cuenta de que estoy en apuros y nos intenten ofrecer ayuda de manera voluntaria, pero jamás dejó que se me ayude, quizás ese es el motivo por el que los demás pensaran que nos podrían ofender si nos ofrecen su apoyo, sería mucho más natural ayudar y ser ayudado sin llevar la cuenta de favores pendientes.

–        Somos animales viviendo en sociedad y aunque tengamos que ser autónomos e independientes no deja de ser sano saber convivir con los demás y aceptar que continuamente los necesitamos como ellos nos necesitan a nosotros.

Finalmente, nuestra autoestima es la continua lucha entre reconocimiento de habilidades y corrección  satisfactoria de errores aceptados, no dejemos que nuestro orgullo bloquee el aprender de los demás y el dejarnos ayudar pensando que con eso estamos siendo menos responsables.

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Expectativas en el sexo. Cómo manejarlas.

expectativas en el sexo

Ante muchos ámbitos de nuestra vida tenemos expectativas sobre cómo desearíamos que salieran las cosas, lo correcto, lo que sería mejor para nosotros o lo que esperamos de los demás o de una situación, pero no siempre sabemos manejar que la expectativa no es controlable ni realista y puede que  no se adecue a lo que ocurra, no siendo responsabilidad nuestra que todo hubiera ido tal y como pintaba esa expectativa marcada.

Al igual que en muchas áreas, personal, laboral, sentimental, el sexo es una más de las esferas en las que tenemos la mala costumbre de esperar que las cosas salgan de una determinada manera, bien por la idea a veces acertada o a veces equivocada que nos hacemos de la otra persona, o bien porque simplemente estamos dejando volar lo que nos gustaría que ocurriese sin tener en cuenta ni las condiciones, a la otra persona o el propio momento en el que cada uno de nosotros estamos.

Aspectos como la falta de complicidad o confianza, el haber tenido un mal día, una época de cansancio o estrés, no dedicarle el tiempo oportuno o no estar centrado en el momento pueden hacer que las expectativas de ese encuentro sexual se vean frustradas y eso conllevará sensaciones muy dispares desde el alejamiento, la desesperanza, el enfado, el volcar esa rabia con la otra persona o simplemente una caída del estado de ánimo por no haber ocurrido lo que se esperaba.

Como si de cualquier otro ámbito se tratara, hay varias pautas claras que deberíamos tener en cuenta para intentar evitar que una expectativa frustrada en una relación sexual afecte a un enfado con esa persona o a un problema que se convierta en una distancia mayor de salvar. Algunas de ellas son las siguientes:

        Intentar adecuarse a lo que vamos conociendo de la otra persona y pensar en su forma de actuar, pensar o hablar, no quedarnos con lo que nosotros queremos que ocurra sino observar lo que la otra persona nos está mostrando sobre su comportamiento y actitud, probablemente en el sexo aplicará su personalidad al igual que en el resto de áreas de su vida, no esperes que sea otra persona.

        Evitar basar una expectativa en la inevitable comparación con otras personas, evidentemente vamos evolucionando en todo gracias a las experiencias que vamos viviendo pero eso no significa que nos tengamos que anclar a lo que hemos vivido con anterioridad, debemos dejar paso a nuevas experiencias y a mostrarnos receptivos con lo que venga.

        Ser comunicativo, en esta área con mucho más motivo que en cualquier otra, la otra persona no tiene por qué saber nuestros gustos y viceversa, podemos indicarle cómo hacer ciertas cosas o dejarle descubrirlo, pero nunca enfadarnos porque no esté siendo adivino respecto a lo que esperábamos, hablarlo siempre es más fácil.

        No basarnos en leer la mente de los demás creyendo que sabemos lo que quieren o lo que están pensando, hay que preguntar, hablar, pedir, conversar, sino esa expectativa que tenemos que se irá alimentando sola y la frustración sí las cosas no salen como pensábamos será mayor.

        No anticipar ni tirar la toalla ante el primer detalle que veamos que no se adecua a lo que pensábamos que ocurriría, cuando se suceden las primeras relaciones con alguien hay que dejar, con ayuda de las comunicación y de la tolerancia, que la otra persona encuentre su comodidad y que nosotros mismos busquemos nuestra forma de actuar más adecuada, si medimos continuamente lo que hacemos o lo que hace el otro algo tan pulsional como una relación sexual se convertirá en un juego de pasos en los que no se disfruta de nada y en lo que todo nos frustrará.

        En definitiva, como en cualquier área en la que tengamos una expectativa, hay que ser realista, adecuarnos al momento y a la persona con la que interactuamos, no basarnos en nuestra idea cerrada de las cosas y dejarnos sorprender a veces por los demás, puede que sea más satisfactorio que quedarnos con nuestra forma esquemática de hacerlo todo.

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