Afrontando un duelo con una maleta llena de esfuerzo

      Todos aquellos profesionales que trabajamos en la atención terapéutica con personas sabemos lo difícil que resulta intentar ayudar a cada persona teniendo en cuenta la forma en la que nos presenta sus necesidades y la situación en la que se encuentra en el momento de acudir a nuestra consulta. Esta tarea se torna especialmente complicada y delicada en el caso del acompañamiento en un proceso de duelo, por las variables que debemos tener en cuenta y por el cúmulo de sentimientos y sensaciones sin identificar de las que partimos. 

      Tal y como señalaba S. Freud en su obra “Duelo y Melancolía”, la persona que se enfrenta a un duelo no sólo ha perdido a aquel que ha fallecido (el objeto), sino que llega a la consulta con un proceso por afrontar de recuperación de su propia esencia, de su seguridad, su papel en los diferentes ámbitos de su vida y el sentido global a la existencia tras haber sufrido una pérdida, haya sido esta esperada o no, traumática o no. 

      El inicio de un proceso de duelo pone en juego un tablero de ajedrez en el que, poco a poco iremos organizando las piezas para saber con qué figuras podemos mover primero, pero sobre todo, al igual que en este maravilloso juego de tablero, tendremos que activar como primera herramienta la paciencia, observar las emociones, analizar lo que está ocurriendo y sus significados y a partir de ahí iniciar un camino con mucha contención hacia la aceptación, la integración y asimilación de lo ocurrido

      Dado que cada persona tiene un punto de partida, otro de los aspectos fundamentales en un proceso de duelo es la educación y expresión emocional de la persona con la que estamos trabajando. Aquellos que tengan una inteligencia emocional más entrenada, que sepan ponerle nombre a lo que están sintiendo y con ello nos faciliten el primer acercamiento a sus sensaciones, tendrán un recorrido no más sencillo pero sí más accesible, no frustrándose por la identificación de sus emociones y pudiendo avanzar en la aceptación de una forma más concreta. Sin embargo, aquellas personas que no tienen incorporadas las emociones a su lenguaje cotidiano probablemente sufrirán mucho más en los inicios dado que lo primero es justo ese paso, la identificación de lo que están sintiendo, de lo que significaba la persona perdida en sus vidas y por lo tanto ponerle nombre a lo que se ha roto para poder ir pegándolo poco a poco acorde a su nueva situación de vida. 

      Un aspecto verdaderamente relevante a la hora de llevar a cabo un trabajo en duelo es saber con qué apoyos o personas cuenta el paciente en su entorno más íntimo, pudiendo resultar una ayuda o por el contrario representando una traba en su avance individual y por lo tanto en su recuperación. Normalmente las personas más cercanas no toleran ver a su ser querido sufrir pero ahí es donde cometemos un enorme error de manera inconscientemente egoísta, no dejamos que hable como quisiera, que exprese una y otra vez su sentir y su sufrimiento, que llore cuanto necesite, que vaya hacia delante y hacia atrás cuantas veces quiera o que se quede bloqueado si es eso lo que le alivia en un momento dado. Es por este motivo que muchas personas dolientes se apartan de sus contextos, no queriendo escuchar cómo les dicen que se animen, que pasará, que tiene que salir o que hacer alguna actividad le aliviará. Una persona en duelo no necesita solo sonrisas y ánimos para el avance sino sobre todo un hombro, una vía de escucha en la que poder volcar toda la amalgama de sentimientos que está sufriendo y por lo tanto un camino sin pautas, sin presiones ni consejos generalistas aunque vengan con la mejor de las intenciones. 

      Neimeyer refleja perfectamente en su obra “Aprender de la pérdida” esta necesidad, el como es primordial tomarse tiempo para sentir, dar a su vez sentido a la pérdida y confiar en alguien en ese proceso, fundamentos sin duda del papel de la psicoterapia en duelo. La persona que inicia un tratamiento a raíz de una pérdida necesita sentirse comprendida, escuchada, entendida pero no dirigida y acompañada pero no limitada, haciendo que sea ella misma quien vaya avanzando por ese camino con la ayuda de toda la información que podamos darle sobre sus síntomas y sus sensaciones y estrategias que le puedan ayudar en este proceso, de forma que sepa cómo ir completando ese proceso, sin poner fechas ni plazos para alcanzar ninguna meta más que el ir incorporando la pérdida a su vida de una manera constructiva y positiva

      Todo lo expuesto configura el listado de motivos por los que trabajar con personas en duelo es tan complicado a la vez que especial, creando un recorrido terapéutico en el que vamos viendo cómo se van aceptando sentimientos aunque no sean agradables, se va asimilando la pérdida dejando atrás la rabia, culpa o impotencia casi siempre presentes y se va normalizando desde la pena y la añoranza el avance en la vida del paciente, haciendo que, en más de una ocasión, el propio terapeuta en ese mismo camino lidie a nivel individual con sus propios duelos y sentimientos sin dejar de aprender sobre la capacidad de resiliencia del ser humano

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