Procastinar. Evitación o una tarea más en el listado. 


En los últimos tiempos se escucha mucho la palabra Procastinar. Se define la Procastinación como la tendencia y el resultado de Procastinar, es decir, de demorar, retrasar o retardar algo. Aplazamos con ello el cumplimiento de una obligación o de alguna de las tareas de nuestras infinitas listas de cosas pendientes dejando que otras que nos resultan más apetecibles se pongan por delante. 

Pero también hay que tener cuidado con un sentimiento asociado, sí siempre estamos postergando algunas de las cosas que tenemos que hacer antes o después aparecerá una sensación de desazón, de desánimo y de “mala conciencia” sobre cómo organizamos nuestro tiempo y sí estamos amortizando los plazos de cumplimiento de nuestras obligaciones, ya sean profesionales o personales. A largo plazo esta desidia se convertirá en hábito y creará la falsa ilusión de que no podemos llegar a cumplir objetivos que antes abordaríamos con una actitud mucho más luchadora y proactiva. 
Otro de los fenómenos asociados a este concepto es el cumplimiento “superficial” de alguna de esas tareas. Está claro que no todos nuestros quehaceres nos resultan igual de atractivos, pero sí los llevamos a cabo solo por estar dentro de esa lista y por ser el siguiente punto que nos toca la sensación con la que lo afrontemos será mucho más mecánica y por lo tanto únicamente intentaremos quitarnos del medio su cumplimiento lo antes posible y sin pararnos ni a disfrutar de lo que tengamos entre manos ni a darle una vuelta a las formas en las que podríamos realizarlo. 
En definitiva, modas aparte, la Procastinación forma parte de los ciclos por los que vamos atravesando si siempre llenamos la agenda con demasiadas cosas o si no intentamos equilibrar un poco la balanza entre obligaciones del tipo que sean y elementos compensadores, como son actividades que nos gusten, tiempo de ocio compartido con personas de nuestro entorno, momentos para el deporte y una vida relativamente equilibrada de pequeños incentivos que funcionen como vitaminas para afrontar los quehaceres ineludibles.

Algunas pautas que podemos tener en cuenta para no llegar a estos extremos se centrarían en la organización del tiempo, siendo realistas y conscientes de que pueden surgir imprevistos en todo momento, y ajustando de una manera realizable lo que podemos llegar a afrontar cada día. Nuestra capacidad de concentración y los niveles de energía de cada día también afectarán a la consecución de esos objetivos, pensando que aunque no nos podamos librar de algunas tareas podemos afrontarlas de una formas más o menos aséptica. Nuestro nivel de exigencia también entra en juego, no siempre podemos pedir de nosotros mismos el 100%, y habrá que tolerar la frustración de no haber podido realizar la tarea de una manera óptima sí no hemos sido capaces de dejarla para otro momento más favorable. 

Por último sería importante incidir en algo que como lema sabemos, pero que en la rutina se nos olvida en ocasiones, los extremos no son buenos. Ni tenemos que hacer todo lo que está en nuestra lista de cada día sin excepción, ni será bueno que posterguemos absolutamente todo para mañana, encontrar el momento y las capacidades óptimas para lograr los objetivos planteados será la clave para evitar frustrarnos o vivir dominados por los “tengo que” o los “debo”, también podemos preguntarnos de vez en cuando qué nos apetece. 

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