Expectativas. De la ilusión a la frustración

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“Yo esperaba que…”, “Pensaba que haría…”, “Yo hubiera…”, “¿Por qué no ha … ?”, “Si yo hubiera estado en su lugar…”, “Me esperaba…”, “Seguro que…”.

Continuamente nos basamos en lo que esperamos, detalles que intuimos, que creemos, que nos parecen indicativos de ciertas reacciones, alimentamos nuestra ilusión y de repente algo no ocurre cómo nos habíamos imaginado… ¿qué ocurre cuando esas expectativas no se cumplen? ¿esperamos demasiado?, ¿no debemos esperar nada?, ¿interpretamos mal con las variables en las que fundamentamos  esas expectativas?, ¿por qué a otros no les pasa?.

Todas las preguntas anteriores tienen relación con una consecuencia, la decepción por el fracaso de esas expectativas, la desilusión y, por ende, el sentimiento de frustración.

A nivel psicológico la decepción está ligada con la “recompensa esperada” y la expectativa estaría asociada a la cognición, a la idea de anticipación que precede un acontecimiento futuro dejando a un lado la racionalidad y la información real que tenemos, solo nos basamos en la supuesta certeza o creencia que tiene (y por lo tanto quiere que ocurra) nuestra mente, pero no en los hechos objetivos.

Las expectativas vienen también explicadas por lo que se conoce como “Profecía autocumplida”, un sesgo que centra nuestro pensamiento en los deseos que tenemos sobre algo, haciendo que creamos que se cumple todo aquello que querríamos y que ocurra todo lo que malo que tememos por provocarlo a través del miedo.

Por otro lado se encuentra la influencia del llamado “Efecto Pigmalión” (Rosenthal y Jacobson, 1968). Su nombre viene de una leyenda en la que el Rey Pigmalión de Chipre, cansado de no encontrar a la mujer perfecta para casarse, se enamoró de una de las estatuas que él mismo había esculpido, pidiéndole a los dioses que le dieran vida, deseo que fue concedido por Afrodita dando paso a Galatea. Rosenthal, a través de un experimento realizado en California, comprobó el efecto de cómo cuando esperamos algo de alguien, inconscientemente buscamos datos de su comportamiento que nos confirman aquello que pensábamos, pero también cómo tendemos a obviar aquellos detalles que no coinciden con nuestra hipótesis inicial.

Tanto la “Profecia autocumplida” como el “Efecto Pigmalión” apoyan el proceso mediante el cual depositamos tanta fe en hechos que no han ocurrido y que, por supuesto, no sabemos sí ocurrirán como nosotros esperamos, creando una madeja emborronada y llena de distorsiones entre nuestros pensamientos, las consecuencias, la responsabilidad de la frustración que nos crea y los miedos que los fomentan.

Este fenómeno basado en el poder de las expectativas influye en todos los ámbitos, a nivel personal, sentimental, educacional, laboral y social, pudiendo controlarlo únicamente si tratamos de centrarnos en la minimización de lo que percibimos como erróneo y la maximización de lo positivo, siempre atendiendo por igual a nuestras creencias y a los datos aportados por la realidad, intentando evitar así la decepción, la anticipación sesgada y la frustración.

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